Celebraciones de la muerte y la democracia, fiestas de la unidad

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Bersahín López

Vivimos una etapa en la que lo inimaginable se hace posible, en la que lo necesario está muy lejos de hacerse realidad; habitamos un planeta en donde las circunstancias le han ido ganando terreno a lo planeado y visualizamos nuevos escenarios que en otros años no eran posibles.

Un país como México ha sido históricamente un pueblo unido en la adversidad, en torno a mitos o ideas que lo hacen sentirse con la posibilidad de transitar mejores senderos, Octavio Paz lo señalaba en el Laberinto de la Soledad, al asegurar que la muerte unía, generaba un sentimiento de comunidad y se veía en ella una oportunidad de goce, de fiesta, de celebración, tal vez de esa manera se actualiza la frase “para que algo viva, necesariamente tiene que morir”.

Somos una sociedad enmarcada en la veneración a sus muertos, vivimos anclados en los recuerdos que ellos nos dejan, actuamos con base en la inspiración que encontramos en su memoria, nos regocijamos de su presencia aunque sea por momentos solamente, el sentido de identidad y pertenencia se fortalece en lo que ya no está físicamente, pero que vive en el ambiente diario.

Hay dos fiestas que unen a los mexicanos particularmente, dos momentos en los que se visualizan opciones contradictorias pero reales. Dos días, uno en el santoral y otro en el calendario cívico que marcan un antes y después, donde por muy diversas maneras prendemos los cirios, recordamos, damos de beber y comer a los espíritus para que por largos periodos vuelvan a descansar en paz, me refiero a la “fiesta de la democracia” y la “fiesta del Día de Muertos”.

¿Parece tan descabellada la comparación? ¿Está fuera de lugar traer dos celebraciones a un comentario personal? Considero que las fiestas son la unidad de la pluralidad, el goce de lo distinto en una misma circunstancia; en el Día de Muertos”nos une el recuerdo, en la “fiesta de la democracia”, traducida al contexto electoral, nos une el porvenir: recordamos el pasado, vivimos el presente y anhelamos el futuro como en ningún otro momento.

Las almas de los fieles difuntos regresan por manjares cada 2 de noviembre, los “cadáveres políticos” resucitan en cada “fiesta electoral” también atraídos por los majares del poder; cada día de elección algo muere y algo nace, cada Día de Muertos algo del pasado se manifiesta. La unidad del mexicano en torno al ideal de muerte y resurrección no tiene comparación, en las dos fechas a las que me refiero convive lo real con lo inimaginable, en las dos circunstancias depende de nosotros, lo que tiene que vivir o lo que tiene que morir.

Este año, por las circunstancias que fueran, se sintió en el ambiente un Día de Muertos sin el arraigo de otros años en las familias mexicanas, la mercadotecnia y el consumismo se han aprovechado de estas fechas que tenían antaño una idea mística y de oración. Sin duda hay pueblos que conservan intactas las tradiciones, pero las personas han dejado de profesarlas con fe y hoy las repiten por la inercia de los años, por la costumbre de que “así se tiene que hacer” y esto va provocando que la identidad del festejo vaya perdiendo vigencia.

El próximo año la “fiesta democrática” vivirá su esplendor; aunque a tan sólo unos meses de distancia también luce descolorida, envuelta en la polarización, sin la participación decidida de los mexicanos que no encuentran en ella un verdadero motivo para participar. Esta celebración invoca principalmente al porvenir, al futuro, por eso es tan necesario reanimarla, buscar la unidad en torno a la participación más que a la simpatía por algún ingrediente menor de esta fiesta en particular.

El gran altar, símbolo de la tradición del Día de Muertos, se construye con una diversidad de frutas, guisos, de olores y sabores, es el principal argumento para atraer las almas de aquellos que nos dejaron en este mundo, sin estos elementos las almas se van sin el buen sabor de un mundo terrenal que aún después de la vida los quiere seguir agasajando.

Los principales argumentos para atraer a los vivos a la participación de la “fiesta democrática” todavía no se ven, o se perciben sin sabor. Ni partidos, ni candidatos, ni ideas, ni instituciones han logrado articular el “gran altar” para que los ciudadanos participen de esta fiesta democrática; la pluralidad desdibujada en frentes democráticos, lo diverso luce amenazante a través de rancias coaliciones, acusaciones lanzadas burdamente están desdibujando la fiesta ciudadana de los mexicanos, esa que tiene la opción de convertirse en la mejor de todas.

Tal vez es parte de la esencia tradicional, de la forma en que se han vivido todas las fiestas democráticas, pero ésta tiene que ser distinta, debe contar con la participación de todos los invitados; los encargados de prepararla no deben de olvidar ningún ingrediente, cualquier detalle será importante para que los mexicanos la vivan a plenitud.

Éste fue un 2 de noviembre distinto, tal vez cuestiones de cada familia, los recientes fenómenos naturales, la crítica situación económica o el desapego emocional hicieron que se sintiera de manera menos festiva. Pero la otra fiesta que nos espera el primero de julio en 2018 tiene que ser distinta, y eso no corresponderá sólo a un día, sino a todos los días que desde hoy tenemos para prepararla, si es que verdaderamente estamos invitados a participar en ella… lo demás, sólo serán coincidencias.

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