Narcotráfico y violencia de género

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Rosa B. Simón Sánchez

“Temimos que se colombianizara México,

ahora lo que nos da miedo es que se mexicanice el infierno”. Anónimo

En muchas naciones el crimen organizado se ha convertido en un actor político clave, un grupo de interés, un jugador que debe ser tomado en consideración por el sistema político legítimo. Este elemento criminal hace uso de ese poder para intercambiar los cuerpos de las mujeres, para hacerlos mercancía y también para perpetuar los crímenes más atroces.

La dominación masculina se traduce en el acceso y control diferenciado entre hombres y mujeres a los recursos materiales y simbólicos, que producen una repartición inequitativa del poder (Scott 1996, p. 293), comprendido éste como un juego de relaciones desiguales entre individuos o grupos, que permiten ejercer una acción sobre las acciones de otros. En palabras de Foucault, el poder “incita, induce, seduce, facilita o dificulta, amplía o limita, vuelve más o menos probable; de manera extrema constriñe o prohíbe de modo absoluto; con todo, siempre es una manera de actuar sobre un sujeto actuante o sobre sujetos actuantes” (1988, p. 15).

En nuestro estado, el crimen organizado está arrebatándole la vida no sólo a hombres, sino a mujeres desde sus propios hogares. Narcotraficantes de “alto rango” que no son sentenciados ni encarcelados a pesar de ser encontrados en flagrancia, abusando de niñas, mujeres y torturando el cuerpo de trabajadoras sexuales. Un elemento muy presente en las relaciones entre hombres y mujeres es el empleo de la violencia de género, que se puede comprender como un sistema de discursos y prácticas que buscan “reducir y aprisionar a la mujer en su posición subordinada, por todos los medios posibles recurriendo para ello al empleo de la violencia física, sexual y psicológica y a través del mantenimiento de un orden social y económico en la estructura” (Segato 2003, p. 15).

En algunos municipios me he encontrado con casos de mujeres que han denunciado la violencia que viven por parte de narcotraficantes y que a pesar de las pruebas de tortura física y sexual siguen en la impunidad. Autoridades municipales que están cumpliendo con su deber, pero son amenazadas por los cárteles y se topan con ministerios públicos y fiscalías que encubren al agresor. Así se tengan las pruebas en las manos, nada es suficiente para consignar a un narcotraficante.

¿Se trata ahora de cooperar con la cultura criminal? Es evidente que el poder económico procedente del narcotráfico se traduce en poder social y político. Es evidente que los cuerpos de las mujeres son for sale, pero es más evidente el silencio de la sociedad ante estos acto de lesa humanidad.

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