Oaxaca en Guelaguetza

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Bersahín López

El séptimo mes de cada año se engalana con los colores, la música, los tejidos, los sabores milenarios que hacen de Oaxaca un espacio sin igual de costumbres y tradiciones, un punto de encuentro de culturas que se fusionan en un mosaico único, que muestra a propios y extraños las entrañas más emblemáticas de un estado que toma oxigeno de sus raíces ancestrales para afrontar una modernidad cargada de incertidumbres.

Hombres y mujeres de todas las regiones llegan hasta la “rotonda de las azucenas” para mostrar al mundo su danza, su vestuario, su engalanada forma de vivir los acontecimientos más significativos de sus comunidades plasmados en un baile, en una canción, en una mirada, en un destello que embruja a nacionales y extranjeros, llevándose ovaciones, conquistando corazones, excitando la sensibilidad, propiciando un mosaico multicolor que obliga a regresar.

Estas son las fechas donde el oaxaqueño tiene a flor de piel el amor a sus raíces, es cuando se siente orgulloso de ser oriundo de esta tierra donde el mezcal, las tlayudas, los chapulines nos dan identidad mundial, cuando al escuchar “Dios nunca muere”, “Canción mixteca”, las picosas chilenas, el Jarabe del Valle o los sones del Istmo,  el alma se estremece queriendo hasta llorar de sentimiento.

Durante las fiestas de la Guelaguetza mostramos una parte de lo que culturalmente representamos para México y el mundo, abrimos los brazos para recibir a todos aquellos que enamorados de esta tierra regresan, a los que motivados por la curiosidad vienen a ser testigos de la magia de un pueblo noble, con una riqueza culinaria, arqueológica, musical pero sobre todo humana, que permite ser los mejores anfitriones en una fiesta de nivel mundial.

El turismo llega en grandes cantidades, por vía aérea o terrestre, en ocasiones con algunas complicaciones a causa de bloqueos o manifestaciones -cuestiones propias de la vena de la lucha social de algunos oaxaqueños que también nos pone a la expectativa de miradas internacionales-, pero que también hay que vivir para poder entender a plenitud, eso es también Oaxaca, algo no digno de presumir pero que es parte de la cultura política que se ha cimentado en estas tierras, es parte de una expresión social que hoy más que ser erradicada por los que lo pueden hacer, aprenden y nos obligan a sobrevivir con ella.

Con la Feria del mezcal, conciertos gratuitos que convocan a los más talentosos músicos, muestras gastronómicas que reúnen a las y los mejores cocineros, calendas espectaculares que exaltan la euforia con los  deliciosos néctares del maguey, eventos con lugares exclusivos para invitados especiales, oaxaqueños reviviendo tradiciones milenarias, la Guelaguetza es una gran oportunidad de reconocernos como pueblo y reencontrarnos como oaxaqueños, para apreciar la maravillosa oportunidad de vivir aquí, disfrutar Oaxaca una semana y cuidarla el resto del año, para seguirnos mostrando al mundo.

Oaxaca es una muestra de sentimiento, calidad humana, sensibilidad, capacidad hecha arte, danza, música, nuestros paisajes, pueblos, artesanías y hasta nuestras grandes contradicciones muestran belleza por donde se quiera ver, con playas o montañas, en el frío o calor, con el sol o la luna, Oaxaca es inmensamente esplendorosa.

Pero también se percibe pobreza, perversidad de algunos que atentan contra nuestra misma historia, se olfatea el desencanto de un pueblo que sonríe al tiempo que la danza y la música ganan terreno a la discordia y la lucha política estéril, que no permite unificarnos como hermanos oaxaqueños.

Esperamos que en estas fiestas encontremos motivos suficientes para una paz perdurable, para acuerdos serios de progreso y estabilidad social; identifiquémonos en el himno oaxaqueño que nos convoca a la grandeza con humildad.

Son tiempos difíciles, momentos de enormes complicaciones, circunstancias que aprovechan los que hacen del chantaje un modo de vida, pero también es tiempo de hermandad ciudadana que hace que la identidad cultural brille aún más, es la hora del trabajo en equipo, de mostrar mejorías duraderas y no sólo fachadas temporales, propiciemos juntos el mejoramiento colectivo, es hora de inspirarnos para tener mejores condiciones de vida, en este hogar en común que tenemos y que se llama Oaxaca.

El turismo lo agradecerá, los oaxaqueños lo necesitamos, que estas fiestas de la Guelaguetza sean el mejor motivo para reconocernos como paisanos, para trabajar de la mano, para que la soberbia se opaque ante la riqueza humana, esta tierra es de los que vivimos aquí y que la mostramos al mundo para recibir a todo aquel que desee conocer nuestro hogar, pero un hogar de armonía, de alegría, de comunión, un hogar digno de vivirse y no sólo de contarse.

Que nuestro dios nunca muera, que nuestros bailes y sones contagien de una alegría permanente, que las danzas nos den la movilidad para transformar nuestra realidad, que nuestros recursos naturales sean la principal fuente de energía, que la Guelaguetza sea la mejor coincidencia para tener un mejor Oaxaca.

Vivamos nuestra Guelaguetza, que después del último jarabe de fiesta vendrá el inicio de muchas jornadas, donde las coincidencias serán fundamentales para darle a Oaxaca, el rumbo que los ojos del mundo verán en los venideros Lunes del Cerro.

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