OPINIÓN | Cuarto para las doce

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Bersahín Lopez

Hay distintos elementos lingüísticos que los mexicanos ocupamos de manera seria o con la picardía que nos caracteriza, esto para hacer referencia a momentos importantes o para señalar sucesos que marcarán un antes o un después en las diferentes facetas de la vida publica o privada.

“Cuarto para las doce” es una manera de referirnos a la cercanía de un suceso, la llegada de algo previsto, el inexorable momento en que nos alcanza la historia, el arribo de lo futuro.

Días o tal vez horas antes del Grito de Independencia; del abrazo de Acatempan, de la promulgación de las Leyes de Reforma; del inicio de la Revolución Mexicana; al faltar “cuarto para las doce” los protagonistas vivían esos momentos con la incertidumbre de lo desconocido y la certeza del camino recorrido hasta ese punto de su historia personal y de la circunstancia colectiva de todo un país.

En la segunda década del siglo XXI, en México estamos a días de iniciar la llamada “Cuarta Transformación” de Andrés Manuel López Obrador,  a quien la arrogancia de sentirse poseedor de más de 30 millones de votos lo aproximan al nivel de los líderes que con un ademán, gesto o palabra, guiaban al pueblo a la consolidación de sus anhelos. La diferencia es que existen múltiples variables en un mundo globalizado, donde tener el control o ser presa, parece no tener frontera definida.

Estamos al “cuarto para las doce”, a 10 días o 240 horas, de tener en la silla presidencial de un país forjado por caudillos, a un hombre que se siente con la legitimidad total de comandar a sus huestes legislativos para modificar, recomponer, rearmar o cambiar la Constitución, y así tener las fortalezas legales que den sustento a su cuarta transformación; nada más peligroso que un caudillo presa de las circunstancias de mercados; política internacional; factores reales de poder; compromisos soterrados; el traje de estadista con silueta de caudillo sería una forma de equilibrar impulsos; egos; realidades, todos en una misma persona, todo por el bien de la Nación.

Lo que hace seis años parecía imposible esta pronto a concretarse, Andrés Manuel con nuevos aliados, logró concretar lo que por casi dos décadas se volvió para él un sueño, un anhelo, una obsesión: ser Presidente de México. Y lo hará prácticamente sin ninguna resistencia, con uno de los mayores peligros en política, todo a favor; ningún obstáculo visible; equivocarse en esa circunstancia, resultaría la lección más reveladora de la necesidad en lo posterior de optar por equilibrios, que favorezcan diques a los excesos e impulso a acciones determinantes aunque impopulares para bien del País.

Con cinco meses de gobierno de facto, el Presidente de la cuarta transformación de México ha impulsado cambios y reformas a través de  sus legisladores, en algunos casos, de sus aliados políticos, aún aquellos que en algún momento eran sus más rudos rivales, que no pierden oportunidad de congraciarse con el “electo”, cosa tan peligrosa como aventurada.

La llamada “clase política” esta próxima a transformarse; el primero de diciembre se despertará con una nueva realidad, con cambios de fondo o en apariencia, lo cierto es que seremos espectadores de un nuevo escenario nacional. Hacemos votos porque sea en beneficio de los más desprotegidos; que los olvidados por sexenios completos hoy sean tomados en cuenta; que los valores y las libertades se fortalezcan propiciando un país con igualdad de condiciones en todos los ámbitos de la vida publica; con repercusiones favorables en lo particular para cada mexicano haya votado o no por el caudillo de la cuarta transformación.

Los mexicanos estamos al “cuarto para las doce” de poder construir en unidad un verdadero país de libertades y desarrollo, si las palabras no se ahogan en la garganta y se traducen en realidades, seguramente viviremos una época de crecimiento, respeto y reconocimiento internacional.

La pasividad de un pueblo permite el surgimiento de caudillos, la participación integral de toda la sociedad forja a los verdaderos estadistas, esta es la gran oportunidad de México y de todos los que habitamos este hermoso país para construir los liderazgos que acompañen los esfuerzos desde la federación, en los estados y municipios; que la soberbia, frivolidad e incapacidad den un paso de costado, para permitir que la humildad, el talento y el sentido común, tomen las riendas de este país.

Fortalecer la Constitución y las leyes que de ella emanan; mantener el equilibrio en los mercados internacionales; lograr una justa retribución para los ciudadanos; serenidad ante la seducción del populismo; tomar en cuenta la opinión de las mayorías con la firmeza de conducción; respetar el pacto federal transitando entre la autonomía de los estados y una cooperación eficaz, son algunos de los retos del Gobierno que a partir del primero de diciembre tratar,  y ojala así sea, de transformar la realidad de México.

Al “cuarto para las doce” nos queda como sociedad estar a la expectativa, para el momento en que tengamos que ser la fortaleza del nuevo gobierno, pero también requerimos de inteligencia para visualizar los momentos en que necesitamos ser críticos constructivos, con la facultad de opinión que las recientes consultas populares le han dado a los ciudadanos, podemos erigirnos como constructores de un Estado moderno, competitivo e integral, con un estadista armonizando y guiando los esfuerzos de un gobierno verdaderamente sensible.

Que coincidan los ciudadanos y sus gobernantes, esa es la verdadera esencia de la Cuarta Transformación. Estamos al “cuarto para las doce” del primero de diciembre.

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