“Ven, no importa cómo estés, ven» | Amor de Madre

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Ivonne Mateo

Ángela, sonriente y positiva, lleva un pesar en lo más profundo de su corazón. Cuando habla de Lizbeth, su hija, de pronto parece ausente; sus ojos se llenan de lágrimas y su voz se entrecorta.

«Me enteré que ella empezó con esas cosas porque revisé su mochila», expone.

Lizbeth, siempre ha sido rebelde. Sin embargo, cuando entró al bachillerato, su comportamiento cambió por completo. La rebeldía ya no era la normal. Iba más allá.

«Se enojaba porque le llamaba la atención. No quería hablar conmigo, mejor se acostaba y me daba la espalda», rememora Ángela.

Relata que cuando le encontró mariguana por primera vez entre sus cosas, su hija, lejos de darle una explicación, prefirió enfrentarla.

«Me dijo que no tenía por qué revisarlas, que eran personales. Yo confié en ella; sobre la droga, me dijo que era de uno de sus amigos y le creí o traté de hacerlo», cuenta.

Su hija, la más pequeña, la más inocente, no podía estar consumiendo mariguana.

Amarga decepción

«Volví a revisar su mochila y volví a encontrar», lamenta.

Ángela se llevó una decepción más grande cuando descubrió que su hija, todas las mañanas, esperaba a que su madre diera media vuelta, para salirse de la escuela. Y, aunque después Ángela se aseguraba de que no saliera de allí, el esfuerzo era en vano; pues dentro de la preparatoria, Lizbeth, con su grupo de amigos y amigas se entretenían fumando dentro de un salón.

«Es muy fácil que los induzcan, pero lo difícil es que salgan».

Cuando Ángela y el padre de Lizbeth trataron el problema, la decisión del padre fue tajante: Anexarla. «Yo siempre me opuse, estuve mal. Es que yo sé que en esos lugares, lejos de mejorar, muchas veces empeoran», se culpa.

Lizbeth no podía salir de su casa sin verse por última vez en el espejo y saberse hermosa y arreglada. Sin embargo, en la medida que su adicción a la mariguana iba aumentando, también sucedía con su apariencia física.

«Yo sé lo que haré con ella», decía para la familia y se repetía a sí misma día con día. Le apostó a la comprensión, al amor y a la misericordia.

Búsqueda incansable

Pero no pasó mucho tiempo para que Lizbeth le causara a su madre su primera noche en vela, dominada por la incertidumbre, la desesperación y el llanto.

«No llegó a dormir. La buscamos en los hospitales, en todos lados. Llegó al día siguiente, eran como las 12 y me dijo que estaba con unos amigos y que no era para tanto. Venía sucia, sus ojos estaban rojos, le di una cachetada y se empezó a reír».

Ángela lleva sus manos hacia su rostro. No puede contenerse más. Las lágrimas han brotado.

La decisión fue encerrarla en su propio hogar. Ya no tenía sentido mandarla a la preparatoria cuando se salía o allí mismo consumía droga.

«Cuando le dije que ya no iba a salir y le pedí que me entendiera, pensé que lo había hecho. Pero a los dos días ya estaba impaciente, de mal humor, llorando, sin comer».

Ángela le cocinaba a su hija todo lo que ella le pedía. Su almuerzo, la comida y la cena eran a su gusto. Un fuerte dolor sucumbió su pecho cuando una mañana decidió hacer limpieza en el cuarto de su hija.

«Toda la comida estaba debajo de su cama echada a perder; encontré cigarros, mariguana, la tenía guardada y se había desesperado porque ya no tenía», explica.

Lizbeth, antes de su adicción, solía lucir «clarita», dice. En cuestión de meses, su rostro ya era pálido; la ropa que antes le ceñía, ya parecía estar a punto de desprenderse.

«Yo le decía: ‘Hija, arréglate, mira cómo andas’. Y me respondía: ‘Ay, así nada más'».

El infierno de las drogas

Ángela hablaba con su hija, le lloraba, le rogaba que le tuviera confianza para ayudarla.

«Me decía que no era adicta, pero un día se escapó, se fue de la casa, quería su libertad», recuerda.

Y allí, fuera de su casa, Lizbeth conoció el infierno de las drogas, pero también el amor misericordioso de una madre.

«Yo trataba de comunicarme siempre con ella, pidiéndole que por favor no se ausentara, estuviera donde estuviera; pero que me dijera que estaba bien. Veía su cuarto, sus cosas, yo no tenía paz, lloraba demasiado cuando subía a ver su cuarto y ella no estaba», confiesa.

Ángela rompe en llanto una vez más; a pesar del tiempo y de que su hija ya no se droga, la herida está allí, amenazante y expuesta.

La adicción a la mariguana, a los solventes y demás sustancias, iba aumentando. Y es que cuando Lizbeth se enteró que en su familia había interés de anexarla, prácticamente desapareció.

Paciencia y amor

Ángela necesitó brindarle tiempo, paciencia y amor, para que su hija volviera a pararse frente a ella.

«Fue cuestión de tiempo para que ella se fuera acercando; yo le pedía que viniera, sólo quería verla. Iba al trabajo, desmejorada, flaquita, flaquita, con ojeras que no puedo describirte; sus labios secos, pálida y con cabello maltratado. Venía a pedirme dinero para almorzar, para comer, y se lo daba con la esperanza de que en verdad lo estuviera usando para ello», dice.

Dios y la biblia describieron el día a día de Ángela.

«Si uno cree en Dios, hay que pedirle muchísimo. Él es el único que puede hacer a las personas cambiar», asegura.

Si Lizbeth tocó fondo, sólo ella lo sabe. Lo que es un hecho, es que un pequeño ser en su vientre, le regresó la vida, la hizo renacer.

“Fue una bendición. Ni su papá, ni sus hermanos, ni los amigos, solo Dios con la criatura que le mandó, solo eso la hizo cambiar”.

Sin respuesta

¿Qué fue lo que orilló a Lizbeth a drogarse?, es una pregunta sin respuesta o quizá con muchas.

«A veces siento culpa, porque la consentí y quizá eso la llevó a eso; también los problemas con su papá, todo lo que vió»; las lágrimas vuelven a aparecer, ahora con sollozos.

Ángela sólo pide a las madres, como ella, no abandonar a sus hijos,.

«Pase lo que pase, además de apoyarse con expertos, nunca los dejen, aunque no nos escuchen y no nos hagan caso; aunque recibamos burlas de parte de ellos, nunca hay que perderlos de vista, que sepan que aquí está su madre esperando su regreso. Aunque te sientas derrotado como padre».

Y a los hijos e hijas, ruega no provocar dolor.

«Piénsenlo mucho; además de que destruyen su vida, destruyen la de sus padres. Uno no puede estar bien, cada que comes, piensas en si tu hija ya comió o dónde dormirá esta noche. Quien empieza con las drogas, termina mal», afirma.

 

 

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