Erick y Yuridia, la fe y el sacrificio en Tlalixtac, Oaxaca

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Redacción y fotos:
Ivonne Mateo / CIO

Los separan diez años pero los unen el agradecimiento y la fe en Dios. Son Erick García Contreras y Yuridia García Hernández, con 23 y 13 años de edad, respectivamente, los protagonistas en la 44 edición de la Pasión de Cristo en Tlalixtac de Cabrera, uno de los pocos municipios de Oaxaca que sigue conservando esta tradición.

“Tiene mucha tradición, muchas buenas costumbres, mucha mayordomía. El pueblo vive una estrecha relación entre la fe y la vida, en ir buscando juntos como vivir esa fe. Para el pueblo, el viacrucis invita a la penitencia y a la reflexión, a modificar varias actitudes y hábitos”, es el testimonio del Párroco de la Iglesia, Juan Antonio Jimenez Gomez, quien ha cumplido diez años inmerso en la cultura y entrega de los feligreses de este lugar.

Son las 11:30 horas, Erick está arrodillado y encadenado en la explanada del parque municipal. Su espalda luce un color rojizo por los latigazos que ha aceptado merecer, su piel arde por los rayos del sol, su rostro es cubierto por cabellos ajenos a su cuerpo; a veces su mirada la dirige a sus verdugos, pero no se detiene en ellos, prefiere descender hacia el suelo o a los pies que lo rodean.

Miles de personas lo observan, cientos de ellas sufren con él, se percibe en sus rostros gesticulados de dolor y empatía; cientos más miran inmutables; hay quienes se azuzan y osan gritar: ¡no más! ¡desgraciados!; por supuesto, muchísimos más, sujetan entre sus manos algún objeto para capturar el momento.

Erick está siendo azotado, está sufriendo, pero está consciente de que su voluntad y su fe podrán mantenerlo en pie. Se preparó durante cuatro meses para este día, pero toda su vida ha cultivado la fortaleza.

“Desde niño mis papás me inculcaron a creer en Dios, tenia como 11 años cuando entré al grupo de Pasión de Cristo. Yo les comenté a mis papás lo que quería hacer y ellos me apoyaron. Aquí nos tenemos que preparar física y mentalmente”, diría 48 horas antes de vivir su Viacrucis, sentado en ese mismo lugar en donde ahora, poco a poco, su cuerpo comienza a expulsar sangre.

Jesús ha sido sentenciado a la crucifixión. Erick camina en busca de su cruz, la observa, se sienta y espera pacientemente para continuar su calvario, en sus ojos hay lágrimas y en su rostro desconcierto.

“Yo decidí interpretar este papel como agradecimiento a todo lo que me ha dado: vida, salud, estar bien con mi familia. Es una promesa que yo tengo con él, por todo lo que me ha dado”, señalaría horas atrás.

Los latigazos vuelven a impactar en el cuerpo de Erick, quien ahora está en pie, y con una cruz de madera de 160 kilogramos en sus espaldas. Su caminar es intermitente, en cada golpe y en cada escupitajo, mira a los ojos a sus verdugos, los mira fijamente, ¿con súplica o rabia?, no se sabe.

“Me preparé caminando descalzo bajo en sol y también cargando la cruz. Los golpes serán de verdad. Yo creo mucho en el Señor Jesucristo, tengo un tatuaje grabado en su nombre, pienso, para que me cuide siempre y siempre vaya conmigo”, confesaría.

Pero ahora, la cruel penitencia ha dejado indescifrable el tatuaje del rostro de Jesús que vestía su hombro derecho. Ahora solo hay piel desprendida y sangre.

María, su madre, le espera en el Calvario. Yuridia observa a Erick con ternura y absorta. Ella apenas tiene 13 años, pero conoce el dolor de ver a un hijo sufriendo.

“Hace aproximadamente un año me dio como herpes en las rodillas, estaba en el hospital y veía a mi mamá como lloraba por su hija. Yo me vi, que en vez de Jesús era yo la que estaba en esa cama, veía a mi mamá llorando y para mi fue muy feo”, rememoraría.

María contempla a su hijo. Le abraza, le estruja, le llora y lo suelta para continuar con su misión.

“¡No se pasen, le están dando muy duro!”; “¡Salvajes!”, son algunos de los gritos suplicantes que se escuchan entre las 14 mil personas que contemplan la representación. Uno, dos, tres y hasta cuatro hombres se acercan a ayudar a Jesús en su trayecto y Erick lo paga recibiendo más escupitajos y bofetadas.

Adelante, Dimas y Gestas viven su propia penitencia. Sus espaldas están ardiendo, los latigazos les han marcado hasta el alma. Gestas no puede más y llora, en su rostro se percibe un dolor que se ha cansado de contener, un dolor ajeno a los golpes, un dolor que solo él conoce y que muy pocos atestiguan.

Solo faltan doscientos metros, pero el cuerpo de Erick de pronto cede al dolor y cae al suelo. Son la 1:30 de la tarde, los rayos de sol penetran en las heridas de su espalda, sus pies dudan en responder, pero en minutos, Jesús vuelve a caminar. Ahora lo preparan para morir en la cruz.

“Yo ya no estudio, llevo el oficio de la carpintería que desde niño me enseñó mi papa y uno de mis tíos, no me gustó la escuela, me gustó más trabajar con la madera. Dedico mi vida a estar más pegado a Dios, he visto muchos compañeros y amigos que van por mal camino y pienso que de esta manera me puedo sentir tranquilo sin necesidad de ocupar alcohol y drogas. Nosotros hacemos esta representación con la intención de darle un mensaje a todas las personas, hacerles entender cómo fue que el Señor Jesús dio la vida por nosotros para que pudiéramos ser libres”, platicaría Erick días atrás.

En la unidad deportiva de Tlalixtac de Cabrera, Jesús, Dimas y Gestas son crucificados. Allí está María, inconsolable, abrazando e cuerpo de su hijo. Allí está Erick, entre las manos de Yuridia. Allí está la fé y el sacrificio de Tlalixtac.

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