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Luvina: donde no hay esperanza de esperanza

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Cipriano Flores Cruz

Podríamos afirmar, sin temor a equívocos, que la comunidad de Luvina, ubicada en la Sierra Juárez de Oaxaca, es el espejo de las comunidades indígenas oaxaqueñas, comunidad que sirvió de referencia para el cuento de Juan Rulfo titulado con el mismo nombre, en donde da cuenta de la realidad de los pueblos y comunidades del Estado. La comunidad de Luvina expresa el ser en común  o el de ser juntos, que constituye su valor, su esencia, su alma, su condición de estar y ser en el mundo.

Escrito entre diciembre de 1952 y enero de 1953, después de una visita a la comunidad por Juan Rulfo,  comunidad perteneciente al municipio de Macuiltianguis; los conocidos como bene lej, perteneciente al gran pueblo zapoteco venidos de Monte Albán.  El cuento expresa la dramática situación de las comunidades indígenas: pueblos y comunidades sin esperanza de la propia esperanza. Así es, no es exageración. Pueblos y comunidades que vivieron trescientos años de colonización y de esclavismo, casi se extinguen por ello. Pueblos y comunidades que han vivido cerca de doscientos años de colonialidad  a fuerza de su instrumentación por el Estado mexicano, de sus instituciones políticas, de sus leyes, de su moral, de su ideología, de su educación y su modo de ver la vida, “donde sus habitantes pasan los días y las noches, desdibujados, sin rostro, teniendo a la muerte como su única esperanza” (Fragmento del cuento “Luvina”, de Juan Rulfo).

Esto es lo que ha pasado durante quinientos años de dominación de los colonizadores, de los poderosos. A través de sus instituciones y formas de dominación han ido desdibujando a los pueblos y comunidades indígenas. Primero, intentan privarlos en definitiva  de sus dioses, de su territorio, de sus lenguas, de sus normas de convivencia, de su memoria, lo peor, privarlos de su futuro como pueblos y comunidades. En el proceso de privación, los hicieron dependientes, pobres, marginados, hasta han intentado quitarles el alma, por eso nos dice Rulfo, han hecho todo lo posible de señalar que su única esperanza sea la muerte.

Reynaldo Jiménez, agente municipal, hombre curtido, manos callosas por los trabajos del campo, quien le ha invertido un tercio de su vida ciudadana al servicio de la comunidad, afirma que la única salida para enfrentar una vida mejor ha sido la emigración, más de la mitad de la comunidad ha emigrado, se ha desprendido de su raíz, de su cultura, de su familia. Toda emigración es, en sí misma,  un desprendimiento, una forma de morir. La gran mayoría de los hombres y mujeres indígenas de los pueblos y comunidades de Oaxaca sufren esta forma de muerte. Por eso es de llamar la atención su resistencia a este tipo de muerte, al reproducir las relaciones comunitarias más allá de las fronteras de México, en cualquier lugar de la República y en la ciudad de Oaxaca.

Por esa razón, en un escrito del profesor Nicolás Saldaña Casas, publicado en la agencia municipal de Luvina, reivindica las relaciones comunitarias al siguiente tenor: “Debes cambiar tu miseria por el bienestar de todos, pero debes conservar tu modo, tu corazón y tu lengua.”  Pero también expresa la realidad del pueblo: “De tus riachuelos sonrientes, ahora pasan sollozando sin enriquecer tus campos que olvidados de la gente”.

No es casual que el nombre de Luvina, zapoteco de la variante lej significa “el origen de la tristeza o el pueblo que llora”. Enclavado en los cerros hambrientos de agua y de naturaleza viva, tierra árida que muere al paso de los tiempos, fantasma de pueblo por el abandono de su gente, hombres que expresan la acumulación de los años, es referente de los pueblos y comunidades indígenas de Oaxaca.

Increíblemente, ante esta lastimosa realidad en que viven y sobreviven cerca de tres millones de indígenas oaxaqueños, si consideramos el sentido de pertenencia, en donde sólo doscientos cincuenta mil personas sienten satisfechas en su calidad de vida, los gobiernos oaxaqueños, incluyendo al actual, no hayan diseñado una estrategia de desarrollo de acuerdo a esta realidad. Gobernar de espaldas a la realidad y contrario a ella es muy mala conseja y una barbaridad, es decir, falta de civilización.

En un reciente artículo publicado en un periódico  nacional, el padre del gobernador, José Murat, escribió que el combate a la pobreza es la prioridad para el futuro gobierno de la República, ojalá logre convencer a su hijo que en el Plan Estatal de Desarrollo de Oaxaca sea prioridad número uno, sobre todo en los pueblos y comunidades indígenas, en donde la pobreza camina como gran señora y dueña de vidas y honras, motivo de veneración de los poderosos.

Desde luego,  pensamos que la pobreza es el origen de la gran mayoría de los males de Oaxaca. Combatirla debe ser el eje de las políticas públicas del nuevo gobierno bajo el principio de interculturalidad, ni más ni menos. En caso contrario seguiremos alimentando más Luvinas, más falta de esperanza. Aún estamos a tiempo para enderezar el camino de Oaxaca, un camino construido con tequio, con el esfuerzo cooperativo, con la fuerza de los lazos comunitarios. No se puede seguir con la inercia de las costumbres gubernamentales: la corrupción, la ineficiencia, falta de ideas, de rumbo, de conciencia histórica, de responsabilidad, de moral pública, de mediocridad que raya en la pusilanimidad. Dejemos de estar sumergidos en la inmediatez de la cosa pública, levantemos la mirada, miremos lejos, ampliemos nuestro horizonte, estar en la cotidianidad de la cosa pública es una forma de mantener a miles de Luvinas, los oaxaqueños no se lo merecen. Luvina fue un asentamiento descendiente de la gran cultura de Monte Albán, sus más de doscientas tumbas lo atestiguan,  pueblo de grandeza, de guerreros, que no se permita su constante desfiguración a pesar del amor de sus habitantes, no es permisible ser la imagen de purgatorio como la vio el gran Juan Rulfo, a quien recordamos por los cien años de su nacimiento y a quien reconocemos haber puesto a la comunidad de Luvina en el firmamento mundial de la palabra escrita.

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