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Adolfo Sánchez Pereyra Opinión

OPINIÓN | Disección

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Adolfo Fernando Sánchez Pereyra

Desconozco si existe un índice nacional de satisfacción política que mida la eficiencia gubernamental y el grado de identidad del ciudadano con las políticas del gobierno. Pero si yo tuviera que optar entre dos gobiernos subsecuentes como el de ahora y el anterior quizás no me inclinaría ni por uno ni por otro.

Por principio no son las declaraciones propias las que me convencerían en uno u otro sentido. Todos los presidentes hablan bien de sí mismos y de lo que hacen.

Suponiendo que fuera cierto el discurso de Andrés Manuel López Obrador y existiera efectivamente una mafia del poder cuyo trabajo consistió en pervertir y corromperlo todo, la mayor incongruencia sería no hacer nada contra ellos.

Pero ello partiría de la hipótesis de que el pueblo es puro y santo o que es indiferente al poder. El laberinto trazado solo tendría dos opciones salir de él o quedarse dentro.

La centralidad y la personificación sistemática de un individuo que lo reúne todo y que de él depende que cambie el país no pueden conducir sino al agotamiento y el fracaso.

Solo habrá que esperar seis años para que vencido el plazo no haya substituto del líder carismático, como no lo hay. Existen prospectos pero no siendo carismáticos ni populistas seguramente fracasarán.

México sigue siendo el mismo y es demasiado grande como para hacer que cambie inmediatamente. Las fuerzas coligadas del poder real ahí están, intactas y mucho me temo que el gobierno actual no tiene la fuerza suficiente para substituirlas, sobre todo porque el propio presidente asume que ahora es presidente del país y no presidente de su partido, y a su partido le falta cohesión y una prospectiva de futuro. Así, sin intelectuales orgánicos ni operadores políticos Morena es un gran trampolín para el oportunismo político.

¿Ustedes conocen el proyecto de país que postula tal partido? Varios factores influyeron en el triunfo de Morena, primero el hartazgo ciudadano ante la grave corrupción del partido de estado, los escandalosos fraudes de sus gobernadores, los incrementos al precio de la gasolina, etc.

Tengo la impresión de que Morena es un partido de coyuntura política que solo existirá un periodo electoral, cumplido este desaparecerá.

Morena es la conversión del PRD en otro partido que puso punto final a sus divergencias internas. Lo que si queda muy claro es que Morena no es un partido de izquierda y menos comunista.

Y no lo es porque su integración no fue un proceso de lucha de clases sociales sino de purgas internas y defecciones. No representa el ascenso de la clase proletaria al poder sino la elevación de la pequeña burguesía pro intelectual al partidismo de estado.

Las anteriores elecciones representan el ascenso de un líder carismático, en el pleno sentido que lo piensa Max Weber, y el ascenso oportunista de la pequeña burguesía de centro izquierda individualista que sueña con el poder político para sus propios fines y no en la estatolatría.

Y así, en medio de estas tendencias se libra la batalla diaria por asumirse como dirigentes no dirigidos. Como representantes sin representados. Como resultante de un proceso atípico electoral que convoca cada seis años durante cinco minutos a los votantes para nombrar a sus nuevos gobernantes en el unívoco sentido de la palabra.

Por eso y por otras razones, no hay que esperar cambios estructurales y de reorganización del poder político, solo estamos frente a un gobierno de transición con un bagage ideológico moral ad doc que le permite precisamente, un factor aglutinante transicional que centra las miradas al tiempo que diluye la racionalidad crítica.

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