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Adolfo Sánchez Pereyra Opinión

OPINIÓN | Populismo legislativo y reforma educativa

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Adolfo Fernando Sánchez Pereyra.

No cabe duda que Gargarella tiene razón en denominar populistas a los congresos amplios donde no predomina precisamente la calidad sino la cantidad de miembros. Y consecuencias de ese exceso pueden ser la anarquía de sus sesiones así como su dispersión.

Cualquiero observador que tenga acceso a la televisión de paga puede constatar el tipo de sesiones que se libran en el parlamento español e inglés y percatarse del nivel diferencial de los debates y la concentración temática de los miembros del parlamento en las sesiones legislativas.

Acá de los 500 diputados y 128 senadores puede uno ver acaso a la mitad de ellos en sesión, muchas veces parados formando agrupamientos platicando de todo menos de lo que está pasando en la sesión correspondiente. Esa es la realidad del congreso mexicano.

Luego suponiendo que las iniciativas se discutan seriamente en el trabajo en comisiones y sean llevadas al pleno para su discusión y aprobación puede uno constatar que muchas de las iniciativas se distorsionan al grado de perder sus sustantividad original en virtud de la negociaciones que se realizan fuera de las propias comisiones, entre los partidos registrados, entre mayorías y minorías dado que muchas de las iniciativas como la relativa a la reforma educativa que requieren de un número específico de votos por tratarse reformas constitucionales que no poseen los autores de la iniciativa y solo se logra mediante acuerdos que significan concesiones, a veces inconfesables. Así lo blanco se transforma en negro y se produce el acto legislativo de aprobación casi siempre mediante acuerdos afuera del propio proceso legislativo, entre partidos.

Uno podría hacer muchas preguntas acerca el papel de los partidos políticos en la llamada democracia y hasta calificarlos como agrupaciones de intereses que rompen el sentido histórico de los partidos donde el interés de unos cuantos se impone a los principios de cada partido. Lejos de entenderse esto como una distorsión se transforma en mérito político de los negociadores demostrando esto que el llamado interés popular no cuenta y que siempre es soslayado por los intereses privados.

Entonces porqué hablar de una cuarta transformación de la vida pública nacional si se siguen reproduciendo todas las aberraciones posibles en el proceso legislativo. La crisis del sistema partidario dibuja la desconexión que existe entre los electores y el elegido que siempre supone y hasta construye elaboradas explicaciones acerca de sus facultades autónomas basadas en el hecho de que todo representante esta, en lugar de.. Tal crisis no solo es del sistema partidario sino también del principio de soberanía popular. Por eso, y por otras razones, los procedimientos de consulta como el llamado parlamento abierto no pasan de ser válvulas de seguridad de proceso legislativo, específicamente de los partidos dominantes para regular la dominación de clase y para garantizarla. La vieja idea del consenso opera en sentido inverso, consensan los políticos para legitimar sus beneficios. La ideología de la consulta y la del parlamento abierto refractan el proceso real en el que debería predominar el interés del objeto y del sujeto materia del acto legislativo. Tal proceso así invertido, crea la falsa conciencia de la participación como expresión de una democracia madura que escucha pero que al final decide en nombre de los demás.

Todo lo anterior debe aplicarse no solo al análisis de la reforma educativa sino de todas las iniciativas de ley que ha enviado Andrés Manuel López Obrador, a menos que este se deslinde y exprese que esas reformas no son las que el propuso. Cuestión por lo demás ineficiente para subsanar el daño causado. Son cientos las observaciones que se han formulado por especialistas, pero entre las principales respecto a la reforma educativa se dice que uno era el proyecto original y otro el final; que tampoco el proyecto original se salvaba de críticas pues no desaparecía en los hechos al instituto nacional para la evaluación de la educación, ni tampoco liquidaba a sus integrantes; que se trata de un proyecto vertical impuesto de arriba abajo sin consultar a los profesores; que no respetaba las particularidades étnicas y culturales a la hora de diseñar planes y programas de estudios, dados los supuestos constitucionales de los que partía; etcétera. El problema es que en tiempos de crisis transicional los actores no se dan cuenta de su involucramiento o como decía Karl Mannheim: “..que el pensamiento de los grupos dirigentes puede estar tan profundamente ligado a una situación por sus mismos intereses, que ya no sean capaces de ver ciertos hechos que harían vacilar su sentido de dominio. Existe implícita en la palabra ideología la intelección de que, en determinadas situaciones, el inconsciente colectivo de algunos grupos oscurece la situación real de la sociedad para si mismos y para otros, y de este modo la estabiliza”

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