Las reformas que México necesita

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Bersahín López

El constitucionalismo electoral en México tiene décadas moldeándose al ritmo de nuestras crisis y esperanzas. Desde la lucha de José Vasconcelos en 1929, donde una generación enfrentó reglas desiguales para sembrar la semilla del cambio, nuestro sistema ha buscado, desde luego no siempre con éxito, transitar a una realidad más justa y democrática.

La idea de un partido hegemónico se fue desgastando a través de los años y el pluralismo político ha avanzado de manera muy lenta en abrir la puerta a las representaciones populares de las minorías. Hoy nos encontramos ante un reto que debemos atender de manera impostergable, una oportunidad de avanzar a grandes pasos para impulsar ese México verdaderamente democrático que necesitamos y el sistema político mexicano justo y austero que las familias demandan.

Tras el rechazo de la reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en la Cámara de Diputados y la llegada de propuestas alternativas o “Planes B” desde la misma cúpula, debemos preguntarnos: ¿estamos legislando para la próxima elección o para la próxima generación?

Requerimos reformas estructurales, económicas, electorales, administrativas y todas aquellas que hagan eficiente y eficaz el servicio público, incluyendo a quienes las promueva. Reformarse a sí mismo es el gran reto de la humildad republicana para avanzar hacia un mejor país.

La alternancia y el arribo de la izquierda al poder no han bastado para consolidar un desarrollo estable en las áreas más sensibles del país. Seguimos viendo cambios estructurales que responden más a reacciones inmediatas ante situaciones convulsas que a una estrategia profunda de reconfiguración nacional.

Para que una reforma sea legítima y de raíz, debe nacer de abajo hacia arriba y de adentro hacia afuera. El México real no se agota en las discusiones del centro; se vive y se padece en los municipios.

Por ello, la base de las reformas que necesitamos debe sostenerse sobre tres pilares innegociables: pluralidad, austeridad real y representatividad local.

Es momento de poner sobre la mesa planteamientos que oxigenen nuestra vida pública. No se trata de quién pierde o gana más poder, sino de impulsar una nueva generación que entienda el servicio público como un beneficio colectivo y no como un botín grupal.

Necesitamos presidentes municipales, regidores y legisladores que no lleguen por la cantidad de dinero invertido, sino por su capacidad, sensibilidad y el objetivo de unir más que polarizar.

La política ha sido ajena y poco atractiva para las y los ciudadanos debido a un desprestigio profundo causado por la corrupción. Para recuperar esa confianza, la austeridad debe ser un estilo de vida gubernamental en todos los niveles, instituciones y poderes, no solo una bandera retórica.

Fortalecer a México implica abrazar una reforma que nazca y atraviese cada comunidad, cada municipio y cada Congreso Local. Las transformaciones reales no siempre vienen desde afuera, ni desde arriba.

La gran reforma pendiente es la de la congruencia de quienes fustigan lo que les afecta y consienten lo que les conviene. Requerimos la actuación pronta de una nueva generación que ocupe los lugares que han sido desgastados por los mismos de siempre.

Esta gran reforma de México pasa por la amplitud de miras de quienes la impulsan para que en esa misma medida sea hecha realidad por el pueblo que la tiene que acatar.

Hoy, cada vez con mayor fuerza las vendas caen de los ojos y el nivel de conciencia es mayor. Que las verdaderas reformas que el país necesita se pongan en la discusión nacional, y que quienes lo hagan comiencen por reformarse a sí mismos para predicar con el ejemplo.

¿Coincidimos?