OPINIÓN | A propósito de la democracia

Foto: Agencias

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Por Adolfo Fernando Sánchez Pereyra

Los sistemas democráticos no son uniformes, cada sociedad va amoldando la democracia según los intereses predominantes. En México el hilo conductor fue el Estado cuyo fin era hacer aparecer la democracia como producto de las aspiraciones del pueblo. Nuestro sistema democrático es fruto de una impostación histórica. Copiamos el modelo de las constituciones republicanas francesas, principalmente. Todas las ideas de la llamada modernidad política nos llegan vía España a través de su Constitución de Cádiz de 1812. Hacemos abstracción del contexto del momento histórico de su aparición y tratamos de aplicar sus dispositivos estratégicos como si fueran derechos irrefutables, como el llamado derecho a la revolución presente en esa idea casi anarquista de que el pueblo tiene en todo tiempo el derecho de alterar o modificar su forma de gobierno y que se explica particularmente porque España había sido invadida por los franceses y Fernando VII estaba preso por aquellos. Todas las constituciones mexicanas reprodujeron el texto español desistorizándolo.

Hoy las cosas han cambiado, la sociedad comienza a no amoldarse a los esquemas originarios de la democracia institucionalizada y no por decisión del Estado, sino gracias al desarrollo de las fuerzas productivas, por el desarrollo científico-tecnológico del mundo occidental, sobre todo. La aparición del internet y la computación y el desarrollo de los medios masivos de comunicación transformaron ya a la vieja sociedad. Vivimos en una sociedad polimórfica pseudoindividualista y disfuncional, cohesionada por la necesidad de uso de medios electrónicos de comunicación, que están muy lejos de ser neutros pues también sirven a toda clase de intereses interclasistas, entre ellos unos predominantes como los de los patrocinadores comerciales y los dueños del capital. Esta sociedad que da marco a una serie de individualidades aparentemente autónomas como pensaba Kant se entrelaza socialmente cuando los individuos encuentran semejanzas, cuando necesitan uno del otro, o para protegerse, o para realizar sus fines personales o cuando intercambian. La democracia globalizadora se nutre de referentes externos  prestigiosos, como las ideas de los derechos humanos individualizados y el concepto de libertad como paradoja, en un mundo que curiosamente anula esa libertad. Orwell y Foucault bien podrían expresar los resortes ocultos de esa cohesión social. En esa relación jurídica el Estado viola frecuentemente esos derechos y fuerza los individuos a pedir su protección para reafirmar la vigencia del orden estatuido.

No obstante, las ideas de Montesquieu siguen sirviendo de marco referencial de la presencia del Estado.  Weber decía que el Estado no es más que un instituto político de actividad continuada, cuando y en la medida en que su cuadro administrativo defienda con éxito la pretensión al monopolio legítimo de la coacción física para el mantenimiento del orden vigente.  Marx fue un paso adelante y dijo que el Estado era la máquina de la violencia organizada. Como podemos ver, ambas nociones no contradictorias centran su idea no en cuestiones ornamentales sino en el punto en que nosotros, los de abajo, percibimos la presencia del Estado como esa violencia inimputable que somete el rumbo de la historia hacia sus intereses económicos. También debo precisar que cuando me refiero a ideología aludo a las concepciones, conceptos y costumbres que refractan la realidad social y la oscurecen y que esta tiene su origen en los que poseen el poder espiritual y material de la sociedad en un momento determinado.

La forma que el Estado adopta actualmente siembra la idea de que se ha ciudadanizado, que su fruto de su edén la democracia ha realizado por fin el sueño del gobierno del pueblo. Es impresionante constatar como los individuos asociados en agencias promovidas desde el Estado llámense o no organizaciones de la sociedad civil hoy cuestionan al gobierno por sus resultados legitimando con ello la idea de democracia como su propia existencia, por concebirse como formando parte del sistema de frenos y contrapesos de la democracia. Esa idea de inducir una sociedad crítica y madura es, sin embargo, una perversión más nacida en las estrategias norteamericanas de sembrar ideologías contestatarias que le permiten distraer el debate en tanto las grandes corporaciones de capital siguen realizando la extracción de plusvalor.  Esas permisiones controladas son bienvenidas por el capital, no así por ejemplo, las ideas generadoras de una sociedad diferente, no capitalista, cuyos promotores son destinados a la picota en medio de distractores de masas como los medios audiovisuales y la música.

El discurso de los grupos de poder (léase empresarios y miembros de la partidocracia) así como los de los sectores desclasados de la inteligencia de las clases medias, es sin duda, un discurso deliberativo que se proclama verdadero per se y por tanto diáfano e inmutable, y no es un discurso que se confronte ni se someta a las reglas de la falsafabilidad. Un distinguido jurista cuyo nombre omito, diría que estos discursos “deliberativos” no se integran de razones prima facie sino razones excluyentes. Las razones prima facie son aquellas razones que pueden ser vencidas por otras razones.  La razón excluyente es una razón que dice: haz esto o bien omite con independencia cualquier razón que tenga en contra.  Eso se pudo constatar, por ejemplo, en las razones de estas agencias tratándose de la reforma educativa de Peña Nieto o en el discurso de su secretario de educación. Otro ejemplo es el temor sembrado por los empresarios acerca de la paridad cambiaria y la estabilidad. Muchos intelectuales no se percataron que esa es una forma perniciosa de dibujar como frágil el horizonte económico del nuevo gobierno, y es igualmente excluyente y manipulador de la opinión pública.

Finalmente creo que la democracia que se perfila construir hoy en México puede ser un fenómeno temporal mientras dure el nuevo sexenio presidencial. Las fuerzas agazapadas de la reacción capitalista están prestas para el retroceso. Sin embargo, mucho se avanzará si en verdad se logra la autonomía de los poderes, si se excluye la intervención presidencial en el Poder Legislativo y el Poder Judicial; si se autonomiza al Ministerio Público y si se despoja la corrupción de los aparatos de Estado. No hay sueño más profundo porque vivimos en un mundo capitalista.