Opinión | La fe en la vida pública 

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Bersahín López

La humanidad ha transitado desde sus inicios por caminos complejos de incertidumbre, pérdidas y descubrimientos. Estos procesos le han permitido evolucionar en todas las áreas del conocimiento, fortaleciendo su dinámica hacia el futuro; pero en los tiempos de mayor zozobra, una palabra ha permitido conservar el rumbo: fe.

Las diferentes creencias sobre la vida, la religión y el porvenir han enmarcado el desarrollo de nuestra especie. En ocasiones, estas convicciones han sido tangibles y en otras intangibles, permitiendo fortalecer la fe en las distintas cosmovisiones que han reinado en los ciclos históricos. De este modo, la fe se ha convertido en un empuje hacia el futuro y un ancla en el pasado, dependiendo siempre del contexto y las dimensiones del momento.

En la actualidad, la dimensión espiritual es la que contiene una mayor consistencia en la fe, siendo los rituales los que detonan niveles profundos de reflexión en la humanidad. Históricamente, la fe ha estado ligada a la espiritualidad y esta, a su vez, al misticismo. Desde los antiguos liderazgos hasta los gobernantes actuales, se ha descargado un alto grado de confianza en lo que no se ve, pero en lo que se tiene la certeza de que puede transformar la realidad.

La fe constituye un acto personal que, paulatinamente, se transforma en un motor colectivo. Se nutre de historias de antepasados que lograron, mediante ella, acciones trascendentes. De esta manera, procesos de sanación, descubrimientos y grandes movimientos sociales impregnaron de misticismo a la humanidad y de una fe inquebrantable en lo que se puede llegar a lograr. En diferentes culturas, la fe permitió instalar visiones que marcaron el rumbo de la historia.

Hoy, ante un futuro de ideas vanguardistas, la humanidad experimenta retos que algunos ven como una crisis de identidad. Si bien las ideas modernas aportan nuevas fortalezas, es vital que estas no signifiquen el abandono de los valores que nos dan cohesión. La fe, más allá de dogmas, es una posibilidad totalmente humana de creer. En un mundo convulsionado por la innovación tecnológica y cambios estructurales, la fe puede representar el impulso para caminar entre rutas complejas. No elimina las dificultades, pero modifica nuestra forma de afrontarlas.

En México, desde el siglo XIX, nos definimos como un Estado laico. Este principio es fundamental para la convivencia democrática: separa el poder político de las creencias religiosas para garantizar que ninguna fe se imponga desde las instituciones. Sin embargo, la laicidad no debería interpretarse como un silencio obligado sobre la esencia humana. A diferencia de otros contextos donde las expresiones de fe conviven naturalmente con la vida pública, en México persiste una tensión que debemos resolver con madurez.

Recientemente, hemos visto cómo la participación de figuras políticas en actos de fe genera debates intensos. En una sociedad que ha avanzado —con justicia— en la defensa de las libertades individuales y el respeto a la diversidad de identidades, pensamientos y formas de convivencia, vale la pena reflexionar: ¿por qué la expresión de la fe sigue siendo motivo de ataque y discriminación?

Ser un Estado laico significa garantizar que todas las expresiones puedan coexistir en un marco de respeto y libertad, sin privilegios ni imposiciones. El poder público no debe promover una religión, pero tampoco tendría que censurar la vivencia personal de quien lo ejerce. México necesita fortalecer sus valores y redefinirse frente a los desafíos del presente. La fe, entendida desde la libertad y lejos del fanatismo, es una fuente legítima de resiliencia y sentido.

Pero hay otro punto importante en este debate de identidades: la exigencia ciudadana. Al final, lo que verdaderamente define a un gobernante no es la fe que profesa ni la forma en que la expresa, sino su capacidad para dar resultados, gobernar con eficacia y responder a las necesidades reales de la gente.

La discusión no debería centrarse en los actos de fe privados o públicos; el verdadero cuestionamiento es la responsabilidad del cargo. Porque un país no se transforma solo por las creencias que se declaran, sino por las decisiones que se toman con transparencia y compromiso. En ese terreno, el de los resultados tangibles, es donde la ciudadanía —con toda razón— ya no está dispuesta a creer sin ver.

¿Coincidimos?