OPINIÓN| Principio de racionalidad y representación

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Por Adolfo Fernando Sánchez Pereyra

Se ha repetido hasta el cansancio que el principio de mayorías es el fundamento de las democracias. Sin embargo, si algún factor ha contribuido al descrédito de las democracias es el principio de mayorías. Muchos han dicho que tal principio está vinculado con el pueblo y que por lo tanto cuando se alude a las mayorías se invoca al pueblo.

La trabazón ideológica de nuestro sistema político, como el de otras democracias refiere, como en correa de transmisión al concepto de soberanía dando a entender que eso que esta por encima de todos, el superaneus, esta constituido por una mayoría representada por el pueblo.

Se trata pues de múltiples peticiones de principio a partir de las cuales se construye la ideología de las mayorías, y ya sabemos que en su acepción rigurosa una ideología construye explicaciones deformadas de la realidad solo para obscurecer, y como resultado oscurecer, justificar y preservar intereses de clase.

Una de las más ilustrativas lecciones de política a cargo de Schumpeter (capitalismo, socialismo y democracia) nos revela que el concepto democracia nos reenvía, una y otra vez, a un supuesto gobierno del pueblo que no pasa de ser una hipótesis fallida porque como dice Schumpeter “el pueblo no gobierna, nunca de hecho” . Solo por definición o como ideación que produjo y sigue produciendo cierta satisfacción interna a partir de la cual los individuos se proyectan, gratifican  e imaginan que cuentan en las decisiones.

Es claro que del gobierno del pueblo se pasó al concepto de voluntad popular para oponerla desde luego a la voluntad de las minorías. Por eso se puede definir a la democracia como un sistema político fundado en el dominio de las mayorías abstractas que someten e imponen sus normas a las minorías y mantienen un orden a partir de sus órganos de gobierno, llámese poder legislativo, ejecutivo y judicial.

Cuando se analiza el desprestigio social del poder legislativo, por ejemplo, uno encuentra que su imagen corrupta se auto reproduce cada proceso electoral, eso significa que funciona idénticamente a pesar que sean otros sus integrantes. Uno esperaría que cada que cambia internamente se renovarían sus lazos con el pueblo, sus necesidades y aspiraciones, pero sucede lo contrario, se asume como dominación de clase y justifica su desempeño en base al principio abstracto del voto mayoritario que le confiere el mecanismo de imposición de sus ideas sobre los otros, la alteridad que da cuenta de sus yerros y de sus complicidades pero que es derrotada una y otra vez sin diálogo, sin discusión, sin argumentos.

Si hay que hablar del principio de representación política se podría decir que diputados y senadores representan a esa palanca que debilita los lazos comunitarios y que es un simple artilugio pensado por Rousseau en su Contrato Social, mismo que desde su origen nació muerto y solo ha servido a los intereses de la llamada burguesía que no estaba pensando precisamente en el tercer estado o estado llano, en la gleba, sino como cambiar el orden para seguir dominando, preciosamente a partir del discurso de los nuevos derechos del ciudadano.

Hoy tenemos un poder que hace leyes, como si se tratara de una factoría especializada, cuyo libreto no dice dialogar ni dice discutir en medio de reglas racionales hasta convencer o hasta demostrar. Y esa imagen personalísima del representante ausente —que no obstante esta presente—, que asume posiciones, que no dirime, produce un especial hartazgo político y un desencanto con la democracia.  

Las mayorías vencen pero no convencen. Y eso deslegitima sus decisiones. Dicho esto a pesar de que el diseño del sistema representativo este basado en el multipartidismo, que es otro embrollo que aclarar. Este sistema nació con la perversidad implícita de dividir a las oposiciones y para legitimar a las mayorías que así quedaban autorizadas a hablar de “consenso” al no excluir a los opositores que siempre quedarían derrotadas en las votaciones. Por eso si de algo no se puede hablar en sentido estricto es de consenso y por eso también la voluntad de las mayorías no es la voluntad del pueblo. Una reforma que introduzca otros conceptos racionales es necesaria pero seguramente será posible cuando los electores lo impulsen o en medio de un conflicto social que lo reclame.

Me refería al principio de mayorías como eje de la dominación partidaria de la sociedad, y sugería yo que era necesario un rediseño de la estructura parlamentaria, que sirve a los partidos mayoritarios en detrimento del consenso. Gargarella ha insistido mucho en que la crisis de la representación política en todo el mundo tiene que ver con  el número y la calidad de los integrantes del parlamento. Pero las previsiones de Gargarella parecen estrellarse contra la idea de democracia prevaleciente que permite el “libre” acceso a casi todos, siempre y cuando sean parte de los grupos de dominación.

Un enfoque mas crítico del problema se refiere al carácter mismo de la representación, al hecho de que los que están en lugar de.. (res, praes ese) terminan independizándose de los electores y actúan a título personal porque no consultan a nadie a la hora de votar. Kelsen pensaba en un remedio introduciendo formas de consulta ciudadana como el referéndum y el plebiscito, pero ya se vio en el ejemplo histórico en Grecia cuando su Primer Ministro Alexis Tsipras engañó a sus electores convocándolos a una consulta para después votar contra el sentido del voto e interés popular.

El sistema hace agua y en tanto no exista un verdadero vínculo jurídico entre elector y elegido que haga exigibles las promesas de campaña, la representación será letra muerta. Por eso hay que cambiar de criterios de integración del congreso, para dar lugar a un sistema distinto que haga indudable que los representantes por ser lo que son en la vida diaria representan a sus electores.  Weber se refiere a formas de representación política distintas y de entre ellas menciona la representación estamental, Creo que por ahí esta parte de la solución.

La otra parte tiene que ver con el voto. El sistema hegemónico pende del voto de las mayorías que solo expresa la voluntad mafiosa de los que comparten el poder. No se trata de la llamada racionalidad mediante valores y de la racionalidad mediante fines, que ya criticó en el siglo XX Weber. Se trata de instaurar una racionalidad lógica en la argumentación política para que triunfe el argumento más valioso y necesario, que no triunfe la sinrazón mayoritaria de la voluntad del Estado que solo trata de mantener un statu quo. Pero eso reclama de una nueva regulación jurídica. En la argumentación parlamentaria debe triunfar la razón no la mayoría. Y si la mayoría tiene la razón que lo demuestre.  Es absurdo que en la lucha parlamentaria se introduzca la discusión si una vez agotados los turnos de exposición se pasa a la votación. La votación rompe la racionalidad y la niega. La oposición no siempre tiene la razón ni los argumentos tampoco los partidos mayoritarios.

Se que el Estado es la razón que decide el estado de las cosas. Y se, como lo señala Weber, que también el Estado es un instituto político de actividad continuada cuyo cuadro administrativo mantiene la pretensión de ser un monopolio legítimo de la coacción física para el mantenimiento del orden vigente. El mantenimiento del orden requiere casi siempre de la coacción física, de la amenaza, del temor de los ciudadanos. Esa es la democracia hoy por hoy y ese el estado de derecho.

Tampoco el llamado parlamento abierto en el que la llamada sociedad civil –organizada desde el estado y para el estado- es la solución democrática perfecta pues el que queden ocultos los intereses a los que sirven como ya se vio con la reforma energética y la reforma educativa garantizan la justicia social y el llamado interés público. Más bien son instrumentos manipuladores de la opinión pública. Queda pues reorganizar los poderes, reasignar funciones, delimitarlas. No es posible que el Estado siga funcionando con diseños e instituciones pensadas en el siglo XIX.