POR ADOLFO FERNANDO SANCHEZ PEREYRA
Durante el siglo XX América Latina fue escenario de alzamientos, revoluciones y golpes de estado. Muchos países de nuestra América intentaron construir el socialismo y casi todos interrumpieron este proceso no por voluntad propia sino por el intervencionismo norteamericano. González Casanova va más allá pues cita tres períodos: de 1880 a 1933; de 1934 a 1959; y de 1960 a nuestros días.
El capitalismo desarrolló toda una teoría de la libertad y de los “derechos humanos” que le han permitido perpetuar su predominio y esta es quizá sea una de tantas razones para ilustrar cómo las superestructuras actúen sobre la base económica de la sociedad.
Pero cuando nos preguntamos que ha motivado esa aspiración latinoamericana, aparte de la desigualdad económica y la explotación, la más cercana explicación es que el capitalismo nunca llenó las aspiraciones de democracia, desarrollo e igualdad de los pueblos latinoamericanos y eso no debe perderse de vista jamás.
El capitalismo ha sobrevivido ya cinco siglos pero especialmente en su última fase imperialista globalizadora ha arrasado verdaderamente las economías de los llamados países del tercer mundo y sus riquezas naturales.
La democracia capitalista de nuestros días es un caldo de brujas en cuya receta entran las teorías de la ilustración francesa como las ideas jusnaturalistas religiosas de sus llamados padres fundadores que se encargaron de aclimatar en EEUU las teorías francesas y más tarde las ideas de John Stuart Mill.
Pero desde los mismísimos tiempos de Hamilton, Madison y Jefferson por un lado decían que Dios nos había creado iguales y sin embargo en el fondo eran esclavistas solo porque reservaban el criterio de humanidad a los blancos lo que puede corroborarse en El Federalista.
Ese discurso de la igualdad ante la ley o ante Dios no sirve para construir democracias reales y concretas.
Amén de que ya Schumpeter se encargó de poner en su lugar esos conceptos.
Según Schumpeter la democracia como gobierno del pueblo nunca ha existido, la democracia tal como la conocemos no es más que el gobierno del político que ha sido electo con votos y que por lo tanto representa (es decir, se pone en lugar de..) al concepto pueblo.
Decir que “representa” es entrar en los arenosos terrenos de la interpretación, el político interpreta al pueblo, lo cual a su vez no es más que una ficción quiromanciana llena de subjetivismo pues tal interpretación está teñida del interés que el político quiera. Interpretar no es representar, es decir cualquier cosa en nombre de otro, del representado, que no es necesariamente lo que desea y piensa. Siempre he pensado que más que voceros del pueblo son voceros de sí mismos.
Los EEUU exportan métodos “democráticos” como el llamado “modo de vida norteamericano” no solo exportan capitales y mercancías sino tratan de imponer a sus colonias ideologizadas su forma de pensar y explotar. Una buena pregunta es ¿Por qué los derechos humanos no prohíben la explotación del hombre por el hombre? ¿No acaso es una cuestión inmoral que atenta contra la dignidad e igualdad de las personas? ¿O dicho de otra manera porque permiten la plusvalía?
Cuba, Honduras, Nicaragua, Puerto Rico, Panamá, República Dominicana, Chile, Argentina, Brasil, México, Guatemala, Salvador, Uruguay, Haití, Santo Domingo fueron intervenidas por EEUU en su propósito de imponer sus ideas y su modelo de vida.
La diplomacia del dólar y la política de gran garrote fueron la constante. Smedley D, Butler –antiguo marine- se jactaba diciendo: “Yo ayude a hacer que México y específicamente Tampico, fuera un lugar seguro para los intereses petroleros norteamericanos. Yo ayudé a hacer de Haití y Cuba lugares decentes para que los ‘boys’ del National City Bank pudieran captar ingresos…Yo ayudé a purificar a Nicaragua para la casa internacional bancaria Brown Brothers. Yo llevé la luz a la República Dominicana en 1916 en bien de los intereses azucareros norteamericanos. Yo ayudé en 1913 a hacer que Honduras estuviera ‘bien’ para las compañías fruteras norteamericanas” (González Casanova, 1979) Esa ha sido la constante. Pero para eso se necesitan dos partes, una que accede y otra que corrompe e impone. Siempre hay alguien de adentro que lo permite y se asocia al imperialismo. Sin Pinochet no hubiera sido posible la caída de Salvador Allende.
Resulta terrorífico pensar que algo así pueda volver a pasar en el país. Simplemente me atengo a referencias, para ‘resolver’ el problema de la migración el gobierno ha propuesto a EEUU una especie de Alianza para el Progreso, ‘inversión para el desarrollo’ en Centroamérica y en México. Son las paradojas del propuesto desarrollo del sureste. Por un lado se denuncian a los grandes corruptos y por otro se trata de revivir entuertos. González Casanova termina diciendo:
“La Alianza para el Progreso constituyó el proyecto social más ambicioso del imperialismo. También el más demagógico […] Un año después de la reunión de Punta del Este, donde los gobiernos latinoamericanos suscribieron la Alianza, los gobernantes comenzaron a advertir sus malogrados esfuerzos en todos y cada uno de los renglones propuestos […]
George Cabot Lodge llegó a escribir: “el efecto total de la Alianza ha consistido en hacer más sólido el statu quo, en apoyar a la oligarquía, y en aumentar los obstáculos al cambio”