OPINIÓN | Sociedad Civil

CIUDAD DE MÉXICO, 02OCTUBRE2017.- Cientos de personas marcharon este lunes de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco al zócalo, en conmemoración por la matanza estudiantil del dos de octubre. FOTO: ARMANDO MONROY /CUARTOSCURO.COM

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Por Adolfo Fernando Sánchez Pereyra

El concepto sociedad civil tiene orígenes remotos en la filosofía que nos remontan a Aristóteles. Mi propósito no es histórico sino crítico y se contrae a la invitación que hizo el actual presidente de México a todos con cierta jactancia de poseer el verdadero sentido del concepto.

Me interesa entonces ubicar el pensamiento del señor presidente.

No es Gramsci precisamente el padre del concepto y este debe ser el punto de partida de esta precisión. Gramsci lo emplea y contrae a su concepción política de una sociedad dividida en clases sociales en la que existe una hegemonía de una clase respecto a otras, de donde concluye que en el capitalismo la sociedad civil es la sociedad de clases que comanda la clase burguesa y por lo tanto la domina económica e ideológicamente imponiendo sus ideas.

Gramsci se opone al concepto de Hegel que subordina este concepto como dependientemente del Estado:

“Si la sociedad civil termina siendo así un sustituto de la familia, esto es porque lo sustituido, la familia, no consigue dar satisfacción a las necesidades naturales. Ahora bien, la sociedad civil,  no es capaz tampoco de bastarse a sí misma para satisfacer tales necesidades: “pese al exceso de fortuna, la sociedad civil no es tan afortunada como para remediar el exceso de pobreza” (Hegel, 1820 §245, pp. 390-391). Para esto es preciso que intervenga el Estado”

Es claro que el concepto “sociedad civil” a lo mexicano se empleó, por lo menos mas acusadamente en el sexenio de Peña Nieto, para designar ideológicamente al conjunto de instituciones y asociaciones creadas desde el Estado a las que se dotó de cierta autonomía y que cumplían ciertas funciones alternativas del Estado que desfocalizaban a este de la atención pública, como también al conjunto de asociaciones especializadas en formular recomendaciones, estudios, propuestas al estado como desde “fuera de el”, así como un conjunto de frentes de defensa de intereses supuestamente sociales o de plano organizaciones alternas del estado para administrar pequeñas pero significativas áreas de decisión gubernamental.

Ciertamente estas instituciones o asociaciones se fueron gestando a lo largo del periodo neoliberal bajo el argumento de ser la “sociedad organizada”.

Yo no podría hacer una evaluación de sus resultados cualitativos, si los hubiere, pero estoy convencido de que fueron un disfraz ideológico de la mayoría de edad de la sociedad contestataria.

Muchas de ellas sirvieron de trampolín para la movilidad social de sus miembros, desde luego con el reconocimiento y al amparo del propio estado.

Identificar a la sociedad civil con el “pueblo” es una verdadera machincuepa ideológica. Hay que hablar de la sociedad de clases. Aunque los individuos que las constituyen tengan poca conciencia de ello.

Hay burgueses y aburguesados, clase medieros de altos, medianos y bajos ingresos, hay proletarios campesinos y urbanos, y un gran lumpemproletariado que, como lo señala Pesenti siguiendo a Marx, que se descompone en sectores, mendincante, proxenético y delictivo.

 “Pueblo” tiene desde la perspectiva burguesa una connotación denostativa que se identifica con la pobreza y la ignorancia, con los de abajo. También es una licencia demasiado laxa identificar a los burgueses con el pueblo o viceversa, como formando parte de un mismo todo.

La clase media puede también verse desde varios niveles de riqueza que impiden contemplarla como un todo único, hay clase medieros pobres y clase medieros ricos y los hay del verdadero justo medio.

Además hay clase medieros aburguesados, esto es que no siendo ricos tratan de vivir como si lo fueran, identificándose con la burguesía y alejándose cuanto pueden del proletariado.

Más aún, en medio de esta diversificación objetiva, el llamado puedo no deja de ser una abstracción de la masa y está muy lejos de subsumir todas las virtudes y predicados que lo estereotiparon según la narrativa del llamado cine de la época dorada de la filmografía mexicana.

Ese pueblo bueno, esencialmente, solo existió en la gran imaginación de los guionistas y cineastas que también retrataron el lado concupiscente de la sociedad de principios de siglo XX en los antros donde democráticamente convivían ricachones, ficheras y ladrones de mala muerte, pero que el cine dorado dimensionó como buenos y honrados, precisamente como “pobres pero honrados” Antes y ahora hay de todos sabores, buenos y malos, solo que hoy el predicado es “el que no transa no avanza”.

Tampoco la burguesía es un ladrillo, está formada de varios segmentos, y todos dependen del grado de concentración de capital. La gran burguesía, la burguesía en estricto sentido y la lumpemburguesía que hace posible la sociedad delictiva y proxenética asociándose con el lumpemproletariado en la delincuencia organizada, en todos sus matices, ya sea la producción y distribución de drogas y enervantes como en el comercio sexual de mujeres o en la apología mercantil del alcohol entre otras cosas.

Es tiempo de dejar de lado esas formas o recursos discursivos que poco contribuyen al nacimiento de una verdadera consciencia social.

Creo que todo eso pasa en nombre de la democracia, por la ideología de la democracia, de una democracia que nunca ha sido el gobierno del pueblo o de que la mayoría es quien manda.

Una cosa es consultar para legitimar decisiones a partir de una mayoría relativa y otra que la mayoría efectiva decida, sobre todo en un sistema representativo en el que el uso del lenguaje suele ser impreciso pero envolvente.