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Opinión

La oda a la mediocridad: la pintura oaxaqueña

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Rodrigo Yépez

En la “Escuela de pintura oaxaqueña” no hay belleza, pues la belleza se desprende de la inteligencia, de la experimentación y, por contradictorio que parezca, de la destrucción, la belleza es renovación y destrucción constante de viejos paradigmas.
Sin embargo, “pintores” como Andriacci, Manuel Miguel, y Amador Montes vomitan el mismo repertorio falto de concepto, cayendo en la autoparodia, una que lamentablemente no logran sustentar adecuadamente en su cuerpo de investigación para creérsela ellos mismos.

Imposible resulta catalogar sus obras como “producto de la más alta sensibilidad y expresión personal” porque el arte no decora, el Arte (con mayúscula) provoca y estremece.

Mentira mucho mayor resulta decir que Oaxaca es “tierra de Artistas”; no damas y caballeros, esta entidad ha permanecido anquilosada y relegada a ser paraíso de aquellos que (deficientemente) ejecutan el mero oficio pictórico con una limitada iconografía que desgraciadamente impide que podamos distinguir de un autor a otro: tehuanas, burros, quiotes y magueyes, guelaguetza… a esta pintura le falta identidad propia, una labor de análisis en el contexto actual, la globalización y la dependencia económica del territorio local respecto a otros destinos geográficos.

No nos engañemos, la “escuela de pintura oaxaqueña” no tiene nada de pintura, al menos no en el sentido digno y puro de la palabra al referirnos a autores que no saben preparar un lienzo adecuadamente o plantear algo los incomode a ellos o a su público, nadie quiere ofender ni resultar ofendido porque los “dibujitos” deben verse bonitos en la sala del cliente; no exagero al afirmar que todos son refritos fallidos de Dubbufet, fallidos en el sentido que no son conscientes de su propio tiempo, la pintura comercial oaxaqueña no puede ser asesinada porque simplemente ya nació muerta, lo único que se nos ha traído con semejante iconografía ha sido una pornomiseria que encanta al turismo nacional y extranjero.

Y no es de extrañarnos, las galerías comerciales han encontrado en los viejos fósiles su gallinita de los huevos de oro, que para morbo del foráneo resultan encantadores, ornamentales, curiosos, demasiado amables, pero nada más.

Dicho todo lo anterior, los jóvenes artistas han sabido reconocer su responsabilidad ante el cáncer cultural existente, actualmente la pintura de jóvenes pintores es mucho más interesante, es más bastarda, más cruda, más precisamente eso: pintura.

Ese es nuestro deber como espectadores y partícipes del entorno cultural:
Pensar pintura, hacer pintura y destruir pintura.

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