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Por Adolfo Fernando Sánchez Pereyra
MORAL SOCIAL
He intentado desentrañar el significado de la llamada cuarta transformación que los políticos oportunistas han convertido en un estribillo de su verborrea para afirmarse como formando parte de ella. No obstante, confieso que he pasado de especulación en especulación y que eso sucede cuando algo carece de contenido concreto, y sucede siguiendo el símil de Nietzsche que un conocimiento es preferible a una falta de conocimiento y por eso las palabras se visten de verdad. Quiero ser justo, si seguimos la periodización propuesta por el presidente, la cuarta transformación se queda sin contenido trascendente. Y eso si no introducimos un torniquete a la primera. Creo que la primera fue la colonización que destruyó nuestra cultura originaria y nos sometió a la esclavitud; segunda, la independencia que rompió esa condición y nos dejó sin idea de cómo comenzar a construir nuestro propio camino; tercera, la revolución que nos indicó el camino de nuestra independencia política y económica; cuarta, la reforma que creó el Estado Laico y separó el poder espiritual del poder temporal, y finalmente la que muchos queremos entender.
Me preguntaba si la “cuarta transformación” era simplemente pensar que el Estado mexicano había desviado su camino en algún momento de su historia reciente y eso lo conducía a un replanteamiento de sus instituciones originarias de la constitución de 1917 y los pactos políticos de su sociedad política o su familia revolucionaria, Sin embargo, contrariamente a eso, se trata de reformar a la constitución no para volver al estado original sino para fundar otro basado en una prédica moral, casi religiosa de la honestidad como virtud terrenal. También me preguntaba si el asunto se reducía a establecer límites precisos de la división del poder, para romper el modelo presidencialismo fuerte. Nada, tampoco es eso. Pensaba igualmente en la instauración del parlamentarismo y el cambio de régimen político pero pronto me percaté que persistía el modelo presidencialista y su relación con los otros poderes.
De algo me ha servido escuchar diariamente las conferencias presidenciales. Hay una constante y una reiteración discursiva, se trata de rectificar los procedimientos, se trata de observar la ley, simplemente. Instalarse en el pensamiento de César Beccaria como lo refiere Michel Foucault en La verdad y las formas jurídicas, en la idea de corregir paralelamente las desviaciones sociales a la justicia, en instaurar un
conjunto de controles sociales o un sistema de intercambio entre la demanda del grupo y el ejercicio del poder o como lo pensó Giulius en Lecciones sobre las prisiones, “Los arquitectos modernos están descubriendo una forma que antiguamente se desconocía. En otros tiempos la mayor preocupación de los arquitectos era resolver el problema de cómo hacer posible el espectáculo de un acontecimiento, un gesto o un individuo al mayor número posible de personas. […] Es el caso del teatro (griego. AFSP) que por otra parte deriva del sacrificio, de los juegos circenses, los oradores y los discursos: […] El problema de las iglesias es exactamente el mismo; todos los participantes deben presenciar el sacrificio de la misa y servir de audiencia a la palabra del sacerdote. Actualmente, el problema fundamental para la arquitectura moderna es exactamente inverso. Se trata de hacer que el mayor número de personas pueda ser ofrecido como espectáculo a un solo individuo encargado de vigilarlas” (Foucautl, 1986)
Desde luego que Giulius estaba pensando en Jeremy Bentham y el panóptico, estaba pensando en las sociedades ortopédicas o de vigilancia y castigo. La idea central es vigilar a los individuos antes que la infracción sea cometida. “El procurador no es solo un agente de la ley que actúa cuando esta es violada, es ante todo una mirada, un ojo siempre abierto sobre la población” (ibid) Desde luego que el panoptismo no es una creación de este régimen, ya existía desde hace buen tiempo. Y a pesar de ello y de la vigilancia llevada hasta las cámaras que substituyen la vieja torreta de las prisiones, la criminalidad ha rebasado a las policías y a las fuerzas especiales que las castigan. Y lo hizo silenciosamente asimilándose a ellos, a los perseguidores, haciendo casi imposible el deslinde entre unos y otros, y no necesariamente con balas. Vivimos una atmósfera especial, en lugar de substituir al neoliberalismo por
otra opción económica lo mantenemos intacto. Se piensa en el desarrollo futuro en términos capitalistas especialmente keynesianos. Se hacen arreglos con los dueños (expropiadores) del capital para no “poner nervioso al mercado”. Se adopta el paternalismo como opción contra la pobreza y la mala distribución de la riqueza. Finalmente, se coloca al centro de la política la lucha contra la corrupción gubernamental bajo el supuesto que no crecíamos, nos empobrecíamos, porque los políticos se robaban el presupuesto y hacían onerosos contratos a costa de la acumulación de capital que de esta forma se escapaba del país.
Todas esas hipótesis están por comprobarse y quizás no basten 6 años para hacerlo, como dice la gente hay más tiempo que vida. Muchos de nosotros no podremos saberlo pero quizá si los niños que hoy estudian kindergarden. Creo pues que la llamada “cuarta transformación” no es sino una reforma moralizadora del poder ejercida desde el poder mismo.
